11/2/15

AGUAS DULCES, por JORGE REPISO

Hubo un instante en el que la pampa plana quedó atrás, dejando ver un profundo azul. Eso era el mar, inmenso y potente. No daba para festejar, pero valía la pena. Más tarde que nunca. Abel era un pasajero involuntario que estaba por cumplir los diecinueve años y se encontraba en el primer asiento del avión, bien pegado a la ventanilla. Pensó una vez más en lo injusto de su situación y también en las ironías de la vida: se había criado a trescientos kilómetros de la playa y nunca había posado sus pies en ella. Miró hacia atrás y vio decenas de cabezas que quién sabe en qué estarían pensando. Como él, todos futuros soldaditos. ¿Sería el mar algo frío o acaso tibio como aquellas aguas del río de su infancia y adolescencia? El viejo puente de fierro le vino a la memoria, acaso rojo o tal vez oxidado pero aún en pie. El avión inclinó su morro hacia abajo y durante media hora fue descendiendo hasta que las olas se hicieron más grandes. Después, viró fuerte sobre su derecha y una enorme barranca se convirtió en asfalto. El paisaje era tan desolador que no supo si los cerros de piedra eran naturales o hechos por la mano del hombre. Durante dos horas de ruta vio solamente un lago inabarcable y después, el desierto. Su niñez transcurrió entre aguas dulces; las del Río de la Plata y las de un río correntino. Cuando era chiquito, su padre lo cargaba junto a sus hermanitos y unas vecinas en el auto rumbo al balneario de Buenos Aires. Del otro lado no existía orilla. ¿Era eso el mar? Nunca se animó a preguntar por vergüenza. En el Litoral en cambio, pegado al puente de hierro forjado por los ingleses, la orilla estaba ahí nomás, con sólo estirar el brazo. De las ramas que sobresalían, unas aves rápidas se tiraban en picada al agua y volvían a levantar vuelo con algún pescado en su pico. Así pasaban las tardes, entre el chapoteo y los gritos, el ruido de la correntada pegándole a las columnas de hierro, un chamamé instrumental saliendo del parlante del barcito. Hileras de gentes tomando mate, embarazadas acaloradas comiendo sandías para que amaine el sopor. La primera vez que Abel lo tocó, el mar estaba helado. Fue al año siguiente de haberlo conocido desde el aire y se sintió más o menos conforme. Ya no había un alma en esa playa fuera de temporada donde fue a parar unos días con amigos. Le impresionó la sal y se preguntó si no sería más que terrorífico morir ahogado con ese gusto a anchoas en la boca. A lo lejos, un pescador de medio mundo y muerto de frío sacaba carradas de pececitos para el almuerzo. En esa playa desolada escuchó por primera vez historias de ahogados de varios días que habían llegado a las costas en los años de plomo. Santa Teresita y Las Toninas eran una línea de arena infinita y casas bajas. En un restaurante vio un almanaque y sobre el recorte del mes de marzo y sus días, una foto de una Punta del Este donde tampoco había un alma. Ninguna similitud con la playita de ese pueblo correntino, siempre tan lleno de sol y de música. ¿Vos sos porteñito? Le preguntó el dueño encargado mozo administrador de ese chiringuito correntino. “Sí”, fue la contestación orgullosa de Abelito, el nene de ocho años. Todos los veranos pasaba lo mismo: era quince o treinta días de una rutina dulce a veces quebrada por las burlas a su manera de hablar. ¿Cómo podía ese niño pronunciar las erres y las yes? Todos los años la misma historia. Los calores infernales de la ruta, la balsa para cruzar el Paraná, la casa de los abuelos, las siestas en el río. Cuando se distraía, el niño ahora hombrecito miraba hacia el bolichongo de los sánguches, las bebidas y el agua caliente para el mate y detrás del mostrador, ese tipo burlón, mal hablado y hasta simpático al que le decían Gringo. Pensó decírselo a su padre, que tenía tan mal genio, pero por alguna razón le perdonó la vida al bruto. Una tarde que volvía con un palito de agua derritiéndose entre sus manitos sintió furia. Y fue directo a contárselo a su papá, que estaba sentado en la arena tomando un refresco. A último momento, el nene imaginó el cuello del Gringo entre dos manos asesinas y algo lo frenó. Después del helado tomó carrera y se tiró al río para nadar hasta el próximo banco de arena. Hubo una época en que el niño y el vendedor se hicieron compinches. Quizás ambos le habían encontrado la vuelta a esos encuentros. O es posible que el burlón haya reparado en los músculos nerviosos del ya no tan nene que estaba creciendo. ¿Le tendría miedo? Una tarde, el Gringo observó desde su sucucho al jovencito que ahora le hablaba a una chica del lugar. Las cabecitas de ambos se juntaban y buscaban dónde esconderse de las miradas y del chusmerío. Más tarde los vio salir despeinados y haciéndose los desentendidos. Cada uno tomó su rumbo y al día siguiente volvieron a los mismos movimientos. El vendedor se sentía molesto. “Yo acá cagándome de calor y el pendejo este que se viene a llevar a una de las nuestras”, se dijo, y pensó en volver a divertirse a costa de Abel, como antes. El soldadito Abel tiritaba recordando con tristeza aquellas tardes de calor. Hace rato que no tocaba a una mujer y pensaba en la correntina, dulce y tan buena chica. De nada servía ser más grande y más fuerte, pensó, y se encaminó a la cantina. Tal vez si el encargado no resultaba un alcahuete, hasta podría venderle una ginebra para darse temperatura. Detrás de la registradora, otra vez un almanaque. Siempre hay paisajes alpinos o gatitos de a tres en esos impersonales cuenta días. El que está colgado dejaba ver un mar con morros de fondo. Acapulco, Brasil, la Costa Azul, daba lo mismo. Abel se sintió lejos de su casa, lejos del río, lejos de todo. Como si la estadía en ese lugar horrible no fuera a acabarse nunca. Se prometió conocer el mar, sea donde fuere y aunque tuviera que llegar caminando. Antes de dormirse en el puesto de guardia pensó en el burlón del río. De haber aparecido en ese momento y sin avisar, podría haberle pegado un tiro, sólo por divertirse. El tiempo pasó y llegó la libertad. Y a las promesas hechas en soledad había que cumplirlas. El pelo empezó a crecer y Abel no supo qué hacer con tanto horizonte despejado. Pasaría unos días de joda en Buenos Aires con sus amigos y después, quién sabe, podría renunciar a ese trabajo donde le guardaron el puesto y los mandaría a todos al carajo. Juventud era lo que sobraba y por delante esperaban kilómetros de mar. La propuesta de su padre fue difícil de eludir; unos días en el pueblito correntino no vendrían nada mal. Surubí a la parrilla, la camioneta del tío, la joven que seguramente lo estaría esperando. Y el río al que en las tardes sofocantes bajaría para pasar el tiempo y hacer planes a ojos cerrados. No pasó una hora en la arena hasta que escuchó un chiflido corto y penetrante. El hombre sonreía detrás del mostrador. Estaba un poco más gordo y de los costados de su cabeza asomaban pelos blancos. Caminar hasta el barcito no llevaba más de veinticinco metros. “No hay que ser maleducado”, se dijo para sí mismo Abel, y ensayó una sonrisa antes de extenderle la mano. El Gringo también sonrió y preguntó vaguedades, como si le interesara la vida del joven. “No me vas a decir que estuviste en la guerra”, soltó, y le pegó una palmada al porteño. Quería ser simpático y amable pero no le salía. Fueron años de chistes tontos, burlas, chanzas, gastadas, y ahora se preguntaba si ese muchacho ha sido capaz de empuñar un arma larga. Abrió la heladera e invitó una cerveza, pero el convidado no aceptó y extrajo dos billetes del bolsillo. Abel se sentó a charlar con el burlón y se decidió a estirar el disfrute. Ese hombre no tan viejo pero envejecido destapó la botella con pericia y se le vio una marca en su cuello. Era una cuestión de tiempo averiguar cómo fue que pasó. El sauce llorón se sacudió, del agua saltaban algunas burbujas y el aire está tan calmo que podrían escucharse decenas de cuchillos hundiéndose en las gruesas cáscaras de las sandías. El vendedor del río, el Gringo, ya no era el mismo. Aquel niño ahora hombre, tampoco. ¿Habrán pintado el puente? ¿Se habrá modificado el curso del río? Fueron largos años de ausencia y sintió que para completar algo de su persona debía volver. Papá ya no estaba en cueros, sentado en la orilla. La chica se había casado con un contador, tenía como tres hijos y vivía en otra ciudad. Un parlante no alcanzaba para todos, ahora los había en los baúles de los coches, una competencia para ver quién tenía la chata más nueva o el propalador más grande y potente. De vez en cuando se colaba un chamamé en medio de otras músicas invasivas y berretas. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Diez o doce años? Nadie se mantiene igual después de haber conocido horizontes lejanos. Por las retinas de Abel pasaron museos, playas blancas como la harina, mujeres, millas y millas por aire y tierra. El mar había dejado de ser un deseo loco e inalcanzable para convertirse en algo normal. En el río no vio más que a alguna raya o tortuga bajo la superficie. En los mares se dejaban ver peces raros, de colores, esquivos o amigables. El Gringo no vio otra cosa en su vida que la vida ajena. Abel se estaba aburriendo en casa de los parientes y pensó en subirse a su auto para volver a Buenos Aires. Para cranearlo mejor, se paró bajo la ducha y resolvió visitar el antro del farolito rojo ubicado a la salida del pueblo. –Tengo algo para hacer. No voy a quedarme a cenar. Apuntó la nariz del be eme para el lado del norte, allá donde se pierde la línea de eucaliptus, y llegó al quilombo en cinco minutos. Todos lo vieron bajar, pero nadie dijo nada. Los camioneros volvieron a sus tragos, los changarines, a tirarse a las sillas después de haber chupado tanta caña. No había mucha compañía para elegir y se quedó con la rubiecita. Una cortina pesada separaba el bullicio del salón del cuarto donde reposaba una cama mal tendida. Algo no anduvo porque la chica estalló en llanto, y Abel sacó dos billetes de los que valen para quedarse allí adentro una horita más. Pensó en sacarla de ese lugar de mierda, intentó convencerla pero no pudo. La rubiecita se ahogaba en su propia angustia hasta que pudo decir algo. Fue cuando Abel se enteró. La trompa del coche descuenta kilómetros a gran velocidad, de regreso a casa. Al día siguiente, Abel emprenderá en solitario un vuelo con escalas que lo llevará al Caribe. Lo esperan la farra, los tragos y las ocasionales compañías. Sus ojos se quedan fijos cuando la memoria le trae aquella confesión en el puterío. El cerebro se clava en ese recuerdo al bajarse a cargar nafta, cuando entrega el ticket de embarque, cuando pide un Martini al borde de la piscina. Al sexto día de vacaciones resuelve dejar el asunto para más adelante y la voz de aquella chica se va borrando. Pero lo que no puede borrar es el contenido de las palabras. Buenos Aires está a la vista, allá abajo, y hay meses por delante hasta las próximas vacaciones. La idea de volver al río se presenta en la cabeza de Abel en la noche de Navidad. Levanta la copa, sonríe y decide viajar el fin de semana siguiente. Innumerables hilos de agua corren por debajo de los puentes que a su vez pasan a mil debajo de su asiento. ¿Puede ser que tanta agua vaya a parar al mismo lugar? El paisaje se transforma, ahora ve a hombres de a caballo con anchos sombreros y celular a la cintura. Cuando llega al pueblito se aloja en el único hotel y ni siquiera le preguntan el nombre. El sol del sábado invita a un chapuzón en el viejo y transparente río, y hacía allí se dirige. Otra vez el chistido del Gringo y la vieja ceremonia de la cerveza. Ese sábado, la charla y el alcohol entre los dos viejos conocidos se alarga hasta la noche. Ya nadie queda en la playita y los grillos se apoderan del ambiente. Abel se levanta al amanecer y se afeita, mirando su propio rostro a través del espejo rectangular del baño del hotelucho. Paga la cuenta y rechaza el café de cortesía porque tiene cierto apuro. Simula una llamada entrante frente al conserje para evitar preguntas y se monta en el be eme. El velocímetro marca ciento cincuenta y después de una hora entra a otro pueblito por donde pasa el mismo río, pero aguas abajo. El auto se detiene junto a una pequeña barranca y la puerta queda abierta: no hacen falta las alarmas. Abel se sienta a ver la correntada y a los camalotes que, arrastrados, giran sobre sí mismos. Ríe cuando ve a un monito subido a un tronco en plena deriva. Es así durante horas, el mismo paisaje, el caudal que se lleva todo, los recuerdos de la infancia, Papá sentado en pantalón corto, el vendedor y su extraño sentido del humor. El sol se esconde en una provincia vecina. “Allá viene”, se dice Abel a sí mismo. Un cuerpo en cruz da vueltas en círculo conducido por las aguas. El Gringo mira fijo al cielo después de haberse hundido y vuelto a flote, y eso se nota. Abel alcanza a divisar dos marcas en su cuello, una vieja y otra, no tanto. Y el Gringo va sin saberlo adonde los ríos se juntan con el mar. Lo último que alcanza a ver Abel es a un martín pescador que desde una rama se lanza hacia ese cuerpo que rechaza y que vuelve a tomar vuelo para posarse en su rama. Abel enciende el auto y vuelve a correr prometiéndose a sí mismo no volver a posar sus pies en aguas dulces.

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